Ignacio Domeyko Ancuta fue ingeniero, minerólogo y geógrafo, contribuyó enormemente a Chile, su patria de adopción. Como emigrante, fue un modelo de educador, etnólogo, servidor público, asesor en educación y Rector de la Universidad de Chile desde 1867 a 1883.
Combate Naval de Papudo de Nicanor González Méndez (pintura)
Carta enviada por Domeyko a su primo Wladislav Laskowicz (**)
Santiago, 30 de noviembre de 1865
Mi querido Wladislav (¹):
Estoy escribiendo con más frecuencia pues creo que será de interés para nosotros, los polacos, saber cómo se desarrolla la lucha entre la flota real al mando del ensoberbecido almirante (²) y la pequeña república, lucha que no es por dinero, por tierra o comercio, sino por nuestra vieja idea del honor y de la dignidad nacionales. Por otro lado, tal como te comuniqué en mi última carta, Pareja ha dispuesto sus fragatas en cuatro puertos chilenos, una gran fragata en cada puerto, y además tiene tres corbetas para las comunicaciones entre ellas, de manera de asegurarse para sí mismo el bloqueo del quinto pequeño puerto de Guayaquil, desde donde los ingleses sacaban cobre y minerales. Protegido por el lado del Perú, con cuyo Presidente el almirante concluyó un tratado oneroso para ese país, no le importaban dos pequeñas corbetas chilenas, deterioradas, mal armadas, las que a su llegada se habían escapado y estaba escondidas en algún lugar del sur. Los españoles se comportaban como en su casa destruyendo el comercio y amenazando con el bombardeo de los puertos. No obstante, ni el comercio ni los chilenos se dejaron amedrentar. El gobierno, como te dije, declaró completamente libres a todos sus puertos (y existen más de 40), eliminó las aduanas, las cámaras, y en ese momento enderezaron rumbo a ellos los barcos neutrales, los que hacen el comercio como en los mejores tiempos. La revolución peruana triunfó sin mayor derramamiento de sangre; el presidente Pezet (³) tuvo que asilarse en un buque inglés y sus adversarios, que se levantaron contra él a causa del tratado, entraron triunfalmente a Lima, tomaron el gobierno y cuentan con diez buques de guerra de diferentes tamaños con los cuales van a socorrer a los chilenos cuando el nuevo gobierno se afiance suficientemente. No importa que se burlen de ellos las grandes fragatas españolas como la «Numancia», enorme buque acorazado, que está custodiando el Callao. En esta situación el presumido español ha recibido una buena lección de los chilenos. Cuando sus grandes fragatas estaban inactivas o hacían vigilancia en un espacio que se extiende por más de cuatro grados de latitud, la única corbeta con 20 cañones de que disponía la República chilena logró escapar durante la llegada de Pareja y en todo este tiempo permaneció mar afuera en el océano acechando a las corbetas de guerra españolas que mantenían la comunicación entre aquellas fragatas y el buque insignia «Villa de Madrid» que bloqueaba Valparaíso. Entonces el 26 de noviembre nuestra corbeta «Esmeralda» se escondió en un pequeño puerto, Papudo, varias millas al norte de Valparaíso, y desde un promontorio rocoso avistó en el mar a la bella corbeta de vapor «Covadonga» que le llevaba telegramas y dinero al almirante de parte de los comandantes que bloqueaban los puertos de Copiapó y Coquimbo.
La «Covadonga» tenía dos grandes cañones de 60 libras, 135 hombres bien armados, 8 oficiales y buena maquinaria, de modo que era considerada como uno de los buques más veloces del enemigo. Dejándole acercarse a varios centenares de metros, la «Esmeralda» se lanzó hábilmente sobre ella y con toda su fuerza y en breve batalla venció a la «Covadonga», desembarcó en tierra a ciento treinta prisioneros, despachó telegramas interceptados y una parte de las armas y de las provisiones y, sin esperar más, se llevó a la nueva corbeta antes que Pareja se enterara de la derrota. Ayer tuvimos aquí una gran ceremonia: trajeron a los prisioneros, alzaron la bandera ganada a los españoles y la imagen de la Santísima Virgen de Covadonga, cantaron un Te Deum e iluminaron toda la ciudad adornada con banderas; todos rebosaban de alegría.
Las autoridades de la República, más frías y perseverantes, saben bien que no se trata de la victoria definitiva, ya que para ello no cuentan ni con buques ni con flota, sino con un gran triunfo moral que les permita ganarse el apoyo de la gente. Todo el país, lo puedo asegurar, está preparado para resistir a la agresión española, aunque ella durara por muchos años. El tesoro sufre, los ingresos públicos han sido sustituidos por el sacrificio cívico voluntario; pero por suerte, no tenemos los gastos protocolarios de una corte con chambelanes y una burocracia parásita; la concordia, la calma interna y el derecho son ahora mayores que en época de paz, se hacen ahorros y no cesa el trabajo. En el exterior, a su vez, se nota una gran actividad diplomática para unirnos a otras repúblicas en una poderosa federación contra los españoles. Si Dios nos da perseverancia, esta lucha puede traer efectos importantes para el nuevo continente, es decir, para toda la América del Sur, y aleccionar a los llamados liberales, cuya tarea parece ser solamente hacer la guerra en Europa en contra del clero y de la Iglesia, y centralizar las fuerzas materiales de los países a favor del estado totalitario. Para colmo de desgracias aquí está hacienda desastres una fiebre (typhus), que aumentó enormemente la mortalidad en Santiago. ¡Cuánto más bellos y suaves los días, tanto más gente llevan al cementerio! Ayer murió aquí un viejo amigo mío, Sazié*, decano de la facultad de medicina…
Ignacio.
(¹) La correspondencia de Domeyko escritas a su primo Wladislav Laskowicz abarcan un período de casi 57 años. La primera de sus cartas que conocemos está fechada el 24 de mayo de 1832 y la última el 18 de enero de 1889. En total son 447 cartas.
(²) Se refiere a José Manuel Pareja y Septien (Lima, 8 de febrero de 1813 – Valparaíso, 30 de noviembre de 1865) fue un marino y militar español, teniente general de la Real Armada.
(³) Juan Antonio Pezet y Rodríguez de la Piedra (Lima, 11 de junio de 1809 – Chorrillos, 24 de marzo de 1879), Presidente del Perú de 1863 a 1865.
(*) Lorenzo Sazié, jefe de los hospitales San Juan de Dios y San Borja en Santiago, primera autoridad médica hospitalaria en la historia de la medicina chilena.
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(**) Publicada en el libro «Ignacio Domeyko, un testigo de su tiempo: memorias y correspondencia», de Hernán Godoy y Alfredo Lastra. Páginas 224-226. Publicado por Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1994.
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